Lo llaman Petricor

Creo que no te he llegado a contar nunca uno de mis miles de secretos. Dirás que vaya mierda de secreto, pero una cosa te voy a decir un secreto, al menos para mí, es toda información que permita adentrarse dentro del caparazón del otrx. Así que allá voy.

Puede que no sepas o puede que no te haya contado lo que me encanta mirar al cielo, ver a las nubes creando formas que duran segundos o los colores tan mágicos que nos regala cada día o todas sus lunas en todas sus fases o esas miles de estrellas o esas galaxias tan lejanas como M5 o los planetas y, como no, ver también a ese mismo cielo como es capaz de regalarnos vida. ¿Cómo? Pues cuando nos brinda ese torrente en forma líquida, aunque también lo hace en forma sólida o semisólida, un torrente que es capaz de que todo cobre vida.

Amo esas tormentas de verano, en las que de repente el cielo azul brillante se empieza a volver gris y poco a poco se ennegrece hasta regalarnos sin más un diluvio de vida que nos refresca, o esas tormentas grises del invierno a través del cristal con el calor de nuestro hogar.

Estaría horas y horas contemplando la lluvia, observando como ese agua va fluyendo y haciendo suya toda la tierra que nos hemos ido apoderando, creyéndonos que nos pertenecía.

¿Que súper poder tendrán esas gotas que me hipnotizan? Parecen expertas funambulistas del cielo como si quisieran trasladarnos algún mensaje en algún tipo de braile totalmente desconocido para el humano no hay forma de descifrarlo ni cuando las miras cerca o a través de ellas, son tan listas que te ofrecen un mundo desfigurado, para que solo unxs pocxs puedan desentrañarlo.  

Me encanta cuando me envuelve esa brisa con la que suelen arrancar los aguaceros. Sus primeras sílabas empiezan meciendo las ramas de los árboles y a su vez las hojas, que al ir unidas a ellas, dan comienzo a su propio baile. Así es como se crean esos maravillosos remolinos que van flotando, danzando y rozando el piso al son de una melodía silenciosa. Un frescor embriagador cargado de ese aroma a agua mezclada con verde, con tierra, con piedra y con vida, mucha vida.

Mi mente, mi piel, mis poros, mis pupilas llenándose de toda la luz y de todas las sombras, de miles de imágenes de campos, de ciudades, de montañas, de mares, de ríos, de lagos, de charcos, en las que todo ese agua caída del cielo ha acabado regando todo a su paso para así obsequiarnos con el verde más hermoso de todos.

Ese olor a arena mojada que se libera cuando las gotas de agua caídas del cielo golpean las rocas. Petricor lo llaman. Un aroma que actúa de bálsamo para todas mis heridas y que es capaz de despertar en mí rincones que creía que ya no existían. Un perfume que me teletransporta, regalándome viajes a lugares y tiempos donde me he sentido entera, plena y feliz. Lugares donde las huellas de mis pisadas son las protagonistas de mi pequeña historia. Unos pequeños pies cubiertos con mis «zanquetines» y unas bambas que van pisando el barro y chapotenado, metiéndose en todos los charcos y en cualquier fango que va encontrando a su paso. Esa increíble sensación del agua recorriendo mi cuerpo, empapándome entera, a mi ropa, a mis bambas, a mis pies con mis «zanquetines», a mi cuerpo, a mi rostro. Un agua que va fluyendo gota a gota hasta arroparme de vida, que va transformando mi pelo liso de postal hasta dejarlo totalmente alborotado e impregnado de ella, capturando toda su vitalidad arrojada en forma de lágrima o chispa que nos regala el cielo. Todas esas gotas mirándose entre ellas y guiñándose el ojo para hacer piña y dar toda la fuerza y la energía a cada pelito de mi cabeza e incitando a mis rizos, o a esas ondas de chalada, a que se subleven y cobren, o recuperen mejor dicho, la vida que les arrebaté sin sentido alguno. 

Verde, mi color del alma, verde vida, verde esperanza, verde que te quiero verde, ¡un beso a Lorca!, creo que esa es la razón de mi amor por este color. Viva el verde rebelde, larga vida.  

Gotas de vida, gotas de lluvia, copos de amor, copos de nieve que me hacen consciente de todo lo que me rodea. Y así sin más artilugios me dibujan una sonrisa e incluso son capaces de hacerme viajar al pasado quedándose mi cuerpo, mi yo encharcado, en el hoy y en el ahora. Un ahora en el que mis oídos pueden percibir tras mi cristal enturbiado, un cristal llorón y empañado, la más hermosa de las melodías con el privilegio de obtener al unísono una diapositiva en pausa eterna para que quede retenida en mis pupilas.

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