Agua pasada

Agua pasada que nos acaba calando hasta ahogarnos, porque todo pasa en el eterno fluir de la vida, pero mientras pasa, muchos días nos arrolla.

Era la noche de las Leónidas, y como es natural a mediados del mes de noviembre la noche era fría y húmeda, de esas que cuando llevas mucho tiempo fuera la humedad se acaba metiendo en los huesos y tarda un tiempo en marcharse, te va poco a poco atrapando dejando tus pies, manos y nariz como auténticos cubitos de hielo.

Pensó que al menos tenía algo de suerte, el día había amanecido con una densa niebla que se había levantado poco a poco para regalarle la oportunidad de poder observar el cielo en la noche para ver si “cazaba” alguna de esas estrellas fugaces. Estrella fugaz que, según cuentan, concede un deseo. Ella estaba convencida de que, al menos esa noche, la suerte estaba con ella, podía estar en aquella terraza bajo la oscuridad del cielo estrellada, abrigada con una manta que le diera algo de calor, y una copa de vino para calentar su interior. Aquella noche se sentía afortunada, bebiendo vino en su terraza con el silencio más absoluto de la noche, no había ni un alma en la calle, ni coches, ni peatones, sólo la acompañaban algunos murciélagos que revoloteaban en el cielo como si ellos también estuviesen buscando algo esa noche de deseos.

Era como si la oscuridad, la luna, las estrellas y los planetas pudieran hechizarla, provocando que su imaginación volara y ella volviera a sentirse una cría. Podía ser de nuevo una niña capaz de crear y moldear cualquier mundo imaginario que le permitiera tener alas y dejarse llevar, por eso ella todas las noches intentaba escaparse, aunque fuera solo un ratito. Era uno de sus rincones de expansión y evasión, donde solo estaba ella y el mundo que esa noche fuera a imaginar, era un espacio que le permitía reflexionar y divagar sobre cualquier cuestión que la rondara la cabeza, por nimia que fuera.

Su mente había días que iba a doscientos por hora, saltando de un sitio a otro, sus pensamientos, al igual que ella, eran inquietos. Pasaban de un lugar a otro, como si tuviera el superpoder de saltar de planeta en planeta, tan pronto sentía que era muy afortunada al estar arropada por esa gran familia de sangre y de la que la vida te regala para quedarse contigo, como de repente la invadía la sensación de soledad y profunda tristeza que la rodeaba y consumía muchos días sin razón o causa aparente. Porque a todos nos gusta estar solos, pero no nos gusta sentir el peso de la soledad en los momentos que nos sentimos vulnerables y frágiles. Aquel peso era el que le empujaba y animaba a cerrar los ojos y coger aire profundamente, para luego expulsarlo y poco a poco volver a abrirlos, para dar comienzo a otro salto.

Saltos que le incitan y recuerdan que ser valiente implica volver confiar, y que echar de menos no conlleva querer regresar al mismo lugar, ni confiar en las mismas manos. Son saltos que nos animan a vivir nuevas experiencias con nuevas personas, junto con las que forman esa gran familia, que nos dan la oportunidad de darnos la vuelta para pedir ese empellón y que uno o varios de los que están allí nos agarren la mano y digan: ¡Coge carrerilla que saltamos juntos!

Gracias a todas esas manos que saltan conmigo, y me animan a tomar aire para el impulso de otro gran salto del camino que recorremos, hacéis posible que vuelva a sentir mis alas, unas alas que me empujan a seguir creando mis pequeños mundos imaginarios de cuentos inventados.

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