Muchacha en la arena

Sentada en la arena mirando el mar me entraron unas ganas terribles de ladear la cabeza hacia la izquierda y así poder verme en tus ojos.

Pensé que si estuvieras a mi lado estarías decidiendo, en tu debate interno, donde fijar los ojos, eligiendo entre mirar al mar con la puesta de sol y ese magnetismo que acaba atrapándonos a todos, o voltear la cabeza para poder verme, si fuera ésta, ten por seguro que yo me quejaría para reclamarte: “¿Qué me miras? ¡Te vas a perder el atardecer!”. Pensaba en mirarnos y en vernos, en besarnos, abrazarnos y en morderte, y no puede evitar que me entraran aún más ganas de poder sentirte cerca para apoyarme en tu regazo un rato, cerrar los ojos y “¡que le den a la puesta de sol, ya veremos otras!”. Aún estoy aprendiendo cómo se hace eso de no echarte tanto de menos, cada día se me hace algo más difícil sin tus besos. Al poco, acababa divagando sobre el tiempo, en cómo pasa sin apenas darnos cuenta, parece que fue hace sólo unos cuantos meses cuando me pongo a recordar cualquier anécdota de mi adolescencia, y ya han pasado más de quince años, y cuando estoy contigo, cuando estamos juntos, el tiempo se esfuma o alguien nos lo roba, nos falta más tiempo juntos.

Allí sentada, viendo como el mar engullía poco a poco a un sol que empezó siendo naranja y cada vez era más rojo, deseé que la próxima vez que volviera a sentarme en la arena de una playa para ver un atardecer con el mar de fondo, ambos estuviéramos mirándolo y viéndonos, sin importarnos en que mar, playa o huso horario nos encontremos.

Anhelé girar la cara, verme en tus ojos, besarte y morderte en simultáneo, y que un “te amo” se me escapara de la boca, quería tener la sensación de poder mirar el mar y de nuevo especular sobre la rapidez del paso de los años, para echar la vista vista atrás y saber que estoy donde quiero estar y con quien quiero ver todos los atardeceres que nos queden por delante, sean con mar, con montaña o a través del cristal de una de las ventanas de nuestra casa.

Ahora sólo cierro los ojos, y trato de imaginar que me coges de la mano y me dices: “¡Date prisa el sol no nos va a esperar, y llegamos tarde!”, pero llegamos, y nos sentamos en la arena de una playa cualquiera, con las olas de música de fondo y el sol haciéndonos de vela a punto de extinguirse.

«Siempre es conmovedor el ocaso
por indigente o charro que sea,
pero más conmovedor todavía
es aquel brillo desesperado y final
que herrumbra la llanura
cuando el sol último se ha hundido.
Nos duele sostener esa luz tirante y distinta,
esa alucinación que impone al espacio
el unánime miedo de la sombra
y que cesa de golpe
cuando notamos su falsía,
como cesan los sueños
cuando sabemos que soñamos».

Afterglow. Jorge Luis Borges

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