Piel con sabor a flores y chispas

De nuevo ella sintió cómo aquella mano acariciaba su rostro. Esa mano comenzaba, o al menos solía hacerlo, como si su misión fuera en un primer momento sujetar su cara, creo más bien que era el temor a que se evaporara como lo hace el humo tras un incendio. Luego continuaban sus dedos que iban poco a poco deslizándose con avidez por su cuello, como si quisieran dejar un rastro. Mientras ella se dejaba invadir por él y al mismo tiempo le dejaba que fuera dibujando, garabateando, cada rincón de su cuerpo con sus manos y dedos inquietos. Visto con los ojos de un voyeur, parecía que se trataba de un juego en el que él se encargaba de escribir sobre la piel de ella en un lenguaje atávico y oculto que tan sólo ellos dos juntos podían lograr descifrar.

Todos los ingredientes estaban listos para que diera comienzo la fusión.

El primer paso ocurría cuando ella se entregaba totalmente dejando que él la fuera desenvolviendo lentamente y en el que ella concluía ofreciéndole su desnudo dulzor, y todo lo que habitaba en su interior. En el siguiente paso, él comenzaba soltando el  cabello de ella para que el aire se impregnara de ese aroma a jazmín que bañaba su pelo y su cuerpo. Un bálsamo que a él le embriagaba, como si de magia negra se tratara, perturbando todos sus sentidos y que provocaba que se diera el pistoletazo de entrada a una especie de trance al cual seguidamente iba a llevarle a ella.

Así ambos se internaban en el tercer paso, en el que la lengua de él comenzaba un recorrido aleatorio por el cuerpo de ella, a veces podía iniciarse por su cuello, seguir sus pechos o bien cambiar su trayectoria en cualquier momento sin previo aviso. Lo hacía delicadamente como si con ésta estuviese recogiendo la salazón que emanaba del cuerpo de ella fruto de la excitación del viaje sin retorno que ambos habían comenzado y que repetirían de manera constante en sus vidas.

La miel de su sexo comenzó a fluir, mientras él ya estaba poniendo a fuego lento su simiente. Tenían todos los elementos preparados para que estallara la fusión de ambos y que diera comienzo el baile de la palpitación. Un baile en el que ambos amasaban sus cuerpos al compás, emulsionando cada momento para que todo fluyera y vibrara de la forma más deliciosa que ninguno antes hubiera degustado. Seguía con la piel de ambos totalmente erizada, los labios, las lenguas, los mordiscos relamiéndose por cada parte encontrada, era como si estuvieran repitiendo las sensaciones de la primera vez que se descubrían el uno al otro.

Mientras se saboreaban, ella cerraba los ojos dejándose llevar por el ritmo del baile y en su interior sentía como se originaba lentamente la germinación del placer más exquisito logrando alcanzar así la temperatura del punto exacto de cocción. Entonces era cuando abría los ojos buscando los otros para mirarse, reconectarse y recordarse. 

La primera noche que iniciaron este juego, baile o receta ambos fueron conscientes que habían sido los creadores del mejor postre. Emprendiendo desde esa noche una larga trayectoria de dos grandes chefs conocedores de que tenían por delante una carrera brillante e interminable, en la que ninguno estaba dispuesto a dejar de perseguirse para lograr saciar el hambre que ambos tenían del otro. Un hambre que les incitaba como si de droga se tratara a querer seguir superándose en todos los platos que anteriormente habían cocinado y deleitado juntos. Ambos querían más. Ambos tuvieron más.

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